Por: ANDRÉS SANTIAGO BELTRÁN
Docente filosofía
Es el final del último periodo de clase y él ya definió la nota definitiva con sus estudiantes, los jóvenes impetuosos están al tanto que el arma que los ata al pupitre no tiene municiones, al menos, en los términos propuestos al iniciar. Saben que el veterano profesor no la alterará como estrategia para mantenerlos en el salón. Les solicitó que plasmarán su ser en el papel y ya colocó el número. No hay vuelta atrás. Les ha insistido que la escuela tiene la posibilidad de ser un escenario de libertad y eso derrumbaría su elaborado discurso, lo convertiría en un charlatán.
Aún quedan dos clases con cada grupo y está preocupado, ¿cómo encerrarlos en la jaula para evitar que le llamen la atención? ¿Cómo no fallarse a sí mismo exigiendo obediencia? La excusa de culminar el plan de estudios es una falacia, no llegó a la mitad de las problematizaciones propuestas en la planeación y confesarles que es necesario permanecer en el recinto sencillamente por disciplina, solo demostraría que es un guardián más del orden establecido, ese que tanto crítica.
Entre la cafetería, los oscuros pasadizos y la cancha de futsal, su más temido rival es esta última, la mayoría de los estudiantes quieren estar allá, bien sea tras el balón u observando a quienes lo hacen -la cancha es el verdadero oasis de la escuela-. Incluso, él desearía estar ahí, pero no puede, es el docente y debe cumplir su deber de encerrarlos para no alterar la armonía institucional.